Frank G. Rubio

Generación.Net


Cuando me comentaron, y averigüé, que esta película francesa (para mí: una comedia inteligente, divertida y accesible a todos los espectadores) estaba compuesta por episodios diversos, no era norteamericana (ni española) y El País consideraba que “el resultado es un tópico tras otro” decidí que no podía dejar de verla. En una sociedad decadente, mediocre y terminal, es bueno no coincidir con los fabricantes de opiniones “bien fundamentadas” y “políticamente correctas”. Más aún sobre el asunto sempiterno de “las señoras, el matrimonio y la infidelidad”;“las relaciones” como las califican ellas. Una de las mayores causas de miseria moral y económica en nuestro país; como bien saben decenas de miles de personas, añado.
Probé fortuna a visionarla con un amigo, convaleciente de una de esas “relaciones”, y no quedamos decepcionados. Por descontado no es perfecta y su humor, desigual, contiene sal gorda. Pero la sal gorda es necesaria para ingerir, tanto carnes rojas como proteínas piscícolas incluso vegetales.
En esta película colectiva, idea de Jean Dujardin, recientemente galardonado con el Oscar al Mejor Actor por The Artist, y en la que participa también Michael Hazanavicius (director también oscarizado del galardonado film francés) los episodios son desiguales, alguno genial otros menos. Especialmente estimulantes los breves sketches bizarros y traviesos que salpican los intersticios de los episodios. Varios, la mayoría, sazonados con numerosos elementos de “mal gusto”. No de otra manera puede hoy tratarse un tema cono la infidelidad masculina en el ambiente “matrio crático” de los, ya en desbandada, Estados Unidos de Europa. Los peores episodios1 serán, sin duda, los mejor apreciados por un público desorientado por las relaciones de pareja y su idealización mastuerza2 combinadas con la imbecilidad3 inmanente al tan difundido “buen rollismo” que nuestra idiotizada, provinciana y castrada clase dirigente (absolutamente corrompida) trata de inyectar en el personal a pie de obra.
La película, que no se acomoda a ningún género, y donde lo bufo, lo dramático, lo bizarro, incluso lo cómico satírico se manifiestan, resulta estimulante por su rupturismo de fondo con las convenciones antimisóginas. A mí me ha gustado particularmente, por lo redondo, el denominado: Infieles Anónimos, donde se entra a saco contra las verdades fundamentales del feminazismo.
Algún critico despistado ha visto en Los infieles, horrorizado, influencias del cine de Santiago Segura. Lo cual, si pensamos en las dos primeras entregas de Torrente y olfateamos la comedia española típica actual, no resultaría en absoluto desalentador sino más bien gratificante y novedoso. La sharia no es sólo patrimonio de los del turbante… No evito citar al crítico de marras: Los Infieles acaba siendo un chiste machista que hará gracia a aquellos que echen de menos las películas de Pajares y Esteso y a los que siempre les hubiera gustado ver un Torrente con más clase. Vamos que es de los que no quiere enterarse, con su pan y su señora (o su gigoló) se lo coma. Dujardin y Lellouch, más sofisticados, señalan: Queríamos ser libres en el formato y el tono para poder ir de lo profundo a la caricatura, mezclando géneros y permaneciendo sinceros.
Ni misoginia, ni machismo pues. Punto y pelota, para terminar de una vez con la alucinante imbecilidad pro feminoide, antiviril, rastrera y afectada de la cual nuestras “percebescas” clases medias socialdemócratas son vector privilegiado de transmisión y uso. Aquellos que siguen al pie de la letra los consejos inexcusables de El Pais Dominical. Y es que ser norteamericano por delegación, siempre y en todo caso un hipócrita, no deja de ser grotesco; por muchos aires de refinamiento que se gasten los retoños del 68 pasados por los “tragalá” del 23F y el 11M. Rehenes de un oportunismo cultural y social bien recompensado. Al menos por ahora.

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