Frank G. Rubio

Generación.Net


La personalidad de Alejandro Amenábar se sustenta en «el simulacro del talento, la competencia técnica y la asfixia de lo dionisiaco» Jordi Costa.

Ágora es una película plúmbea, cara, cosmopolita “a la americana” y española. Es decir oportunista y mediocre avant la lettre. Como toda obra de arte, tanto si es lograda como si no lo es, habla fundamentalmente de su autor (o autores) y de su época. Una época de decadencia que sugiere, en casi cada uno de los minutos de cada hora, una profunda nausea existencial y cognitiva. Todo hay que decirlo: la hora ibérica (excluyan Portugal, por favor) es especialmente porcina. Y no sólo en política.
Antes de llegar a Ágora había asistido a la contemplación en sala de dos excelentes y muy diferentes películas. La primera: Let’s Get Lost (Bruce Weber, 1988), el impecable documental en blanco y negro sobre el inolvidable trompetista Chet Baker. La segunda: la inteligente e intempestiva Katyn de Andrew Wajda (2007) que se proyecta de manera casi clandestina (una sala, una sesión diaria) y que ha contado con elogios forzados, y ninguneo de facto, por gran parte de la crítica nacional enciscada en su repulsivo y sectario “progresismo”. Tras la degustación de tan diferentes, pero excelentes, producciones la contemplación de Ágora supuso una tremenda decepción.
Haremos nulo hincapié sobre la mayor o menor adecuación a “los hechos” de esta perpetración cinematográfica. El Cine no está para ilustrar la Historia, ni la Ciencia, ni la “verdad” religiosa o política (si las hubiese). Si algo sobra en las obras de arte que tienen auténtica profundidad es el didactismo. No haremos pues referencia a las tergiversaciones y fidelidades que, con respecto la versión oficial académica, asocia Amenábar al personaje y periplo vital de la alejandrina.
Una “copérnico” femenina, bella y casta como la virgen María, participa distante en las luchas políticas de su tiempo consagrada a la aventura del conocimiento de los cielos. Pero la malevolencia innata de los machos (llamo la atención al lector sobre la prácticamente completa ausencia de cualquier otro personaje femenino significativo que el encarnado por Raquel Weisz en el film) dan al traste con alguien que podría “habernos evitado 1500 años de retroceso histórico, de pérfida Edad Media” (cito casi literalmente de la pagina oficial consagrada a la peliculita de marras). Cuando se es tan ambicioso, añado, uno está obligado a dar frutos. No basta con rodar en Malta.
Correctamente ambientada (con lo que se han gastado es lo mínimo) y divertida, en la medida que asoma tímidamente en ella el peplum más bizarro, no obstante, con el decurso de los minutos, poco a poco, parrafada tras parrafada de corte astronómico (que vienen poco o nada a cuento) el visionado se va haciendo insufrible. El espectador avisado desea que cuanto antes se consume el esperado final para poder retornar a su monótona y gris vida, liberado al menos de insufribles viandas pedagógicas de matiz supuestamente ilustrado (es decir apolillado y anacrónico), pagano (¡ja!) y feminista (inevitable). Un crítico afable al que la película ha entusiasmado (yo diría mejor “persuadido”) señala;
Todo un compendio de buen hacer y buena recreación de un siglo en el que la ausencia de segregación cultural y el auge de la ciencia y el paganismo iban en detrimento de unas ideas cristianas que frenaron el desarrollo de la civilización Antigua durante unos 1500 años.
La ideología que dejan traslucir las imágenes: los mensajes secretos, que no subliminales (pues son conscientemente observables por cualquiera que mire con atención), son desternillantes y/u obscenos. Empecemos por el final, por la ejecución del alejandrina divina. Lapidada (como si fuese musulmana) vestida con un manto que, estratégicamente, se convierte en chador durante un par de segundos (casualidad, claro), constituye una de las escenas más impactantes y penosas por su sugerencia subliminal. Como el director tiene ciertas obsesiones, recordemos su exitosa Mar adentro, añade una eutanasia ad hoc de matiz amoroso- utilitario absolutamente grotesca.
Se ha multiplicado cuidadosamente la referencia a nuestro tiempo en el film. Ágora-Ahora. La propia O de la palabra que da título es una visión de la tierra desde el espacio. Una imagen de la globalización. “Ágora” además significa mercado. Cada dos por tres la cámara asciende se va hacia arriba, hacia los cielos, para mostrarnos imágenes de Alejandría vía satélite, falaces y propias de Google Earth. O de turbas maléficas de matiz “iraki-afgano” similares a cucarachas. La fealdad de casi todo aquello que ilustra los avances de la ciencia contemporánea es exhaustiva e inquietante. Al final vemos la Tierra pero en su hemisferio sur. Y qué grande sale Arabia en ella, por cierto. Ya se que es otra casualidad.
El tratamiento del eterno femenino en el cine es esencial y en esta película tiene un tratamiento más que especial. Absolutamente asexuada, al menos desde la perspectiva heterosexual (como la insoportable Gladiator), me gustaría destacar algunas características del personaje protagonista. Que repito es la única, o casi la única, mujer que aparece en el film. Film por el que desfilan por lo demás decenas de varones y continuas instantáneas de la vida en una gran ciudad. Por ello resulta mucho más destacable el arquetipo y su calificación.
Ella es casta, ella es Copérnico, ella es un chico en el cartel de propaganda, ella es sacrificada, ella es impotente para protegerse y no puede evitar su muerte. Al igual que Jesucristo camina mansamente como un cordero a su liquidación. Un esclavo cristiano que la desea con intensidad se arrodilla sumisamente ante ella, renunciando a sus bajas pasiones y siendo consecuentemente liberado de su collar metálico. ¡Cuan nobles sentimientos espirituales rezuma esta imagen! Poco después la escena se repite y el prefecto Orestes, enamorado de Hipatia, se arrodilla humilde ante el obispo Sinesio (ambos discípulos de la divina) en una escena idéntica. ¿Ilustración alegórica de la sumisión del Imperio al Papado? ¿Alguna otra cosa que nos perdemos los comunes mortales? ¿Quizás una modificación sustancial de carácter ritual en una secta neoplatónica?
Este tostón ilustra para muchos el conflicto entre la razón y la intolerancia. Grotesca es la capitalización de Hipatia como mártir del paganismo que data de antes del siglo XVIII, tan artificiosa y mendaz como lo son las vidas ejemplares e inventadas de las estrellas del santoral católico, marxista, fascista, musulmán, democrático o…. Pero aún más grotesco es ver la historia que vemos en Ágora. Para quienes estén interesados en el personaje histórico, la lectura del libro de María Dzielska: Hipatia de Alejandría (Siruela, 2006) será especialmente desmitificadora y aclaratoria. Y añado, para mejor terminar, si todo lo que podemos fílmicamente saber sobre la mujer española nos lo indican gentes como Isabel Coixet o Pedro Almodóvar y todo lo que debemos considerar de la Antigüedad cae sobre los hombros de un Amenábar que el diablo nos coja a todos confesados.
Ni que decir que el catolicismo oficial se ha rasgado las vestiduras ante la película. Se ve que la tumefacción que producen la TV, la misa dominical (no quiero pensar que tan turbadora experiencia se pueda repetir diariamente en casi nadie) y el consumo de Mahou e ibérico hacen estragos. ¡Católicos, os lo digo en confianza, sois mucho mas parecidos a los sociatas de lo que creéis ambos! Leed sobre Hipatia y volved a verla (más dinero para el niño prodigio y sus mentores) Es una de los vuestros. Y mas ahora que vuestro efebófilo Benedicto apoya sin dudas, con clarividencia global, a la teoría de la evolución.
Para quitarme el mal sabor, no sólo de boca como puede bien suponer el lector, dejado por tan actual, sensible e ilustrada contribución al arte fílmico buceé entre mis DVDs no visionados y escogí casi al azar un péplum de 1962 dirigido por Silvio Amadio.
Reliquia de un mundo olvidado Le sette folgori di Assur es una impecable producción italiana en la que el rigor histórico brilla, afortunadamente para el espectador, totalmente por su ausencia. Aquí conviven sin melindres ni arrobadoras “memorias históricas”, más o menos impostadas, personajes tan variados como: Hammurabi, Zoroastro, Shamash o Sardanápalo. Hay tantas cosas que han sido que nunca podremos saber, ni con precisión ni de ninguna otra manera, inestimable Horacio…
Tragedia de dimensiones shakesperianas donde dos hermanos se enfrentan por mor de una mujer de la que ambos están enamorados (la bellísima Joscelyn Lane) en ella asistimos, a través de la magia artesana de Antonio Margheriti y Giancarlo Urbisaglia, a la destrucción de Nínive. Una de las mejores escenificaciones que conozco del Diluvio Universal. Se suceden durante su adecuado metraje (88m): batallas, admoniciones proféticas, sacrificios, cacerías de leones con carros, duelos y traiciones junto con diversos y bellos escenarios interiores de carácter palaciego, deliciosamente iluminados, propios de una época situada en las antípodas del digitalismo. La asfixia de lo dionisiaco, perpetrada por determinada estirpe (o secta) de artistas ciegos y epicenos, junto a la implacable y creciente barbarie cotidiana, han permitido el cambio de un tipo de cine a otro. Sin olvidar a nuestra antipática institucional, la muy justamente olvidada Pilar Miró, mientras el pueblo dormía arrullado por la hipnosis televisiva.
Resumiendo: mucho cuidado con lo que se va a ver en sala y desconfiar siempre de la crítica. Es por vosotros.

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